jueves 24 de septiembre de 2009

A sus pies

Anoche, después de salir de trabajar, en mi mini-destierro por tierras alavesas, me acerqué a la piscina cubierta que he tenido la suerte de encontrar a dos manzanas del hotel.

No me suele gustar mucho ir a nadar entre semana a la piscina, o a determinadas horas, pues las calles libres suelen estar bastante llenas de gente. Por suerte, en la de ayer, no éramos muchos, y además, nos entendimos bien. Al principio coincidimos tres en la misma calle, y la cosa fue sin mayor problema, pues los otros dos chicos, aunque tenían un ritmo mejor que el mío estaban haciendo series y demás, y no nos molestamos en ningún momento. Así trascurrieron los primeros 500 metros, hasta que a falta de unos seis largos para completarlos apareció otro chico que se sumó al grupo.

Paré un momento a descansar, ajustarme las gafas, y a controlar cuál era la situación en mi calle. Bien, éramos cuatro. Los dos chicos del principio, el que acababa de llegar, y yo. El nuevo en la calle parecía estar haciendo nado continuo, a un ritmo similar al mío, así que me decidí a seguirle. Vino hacia la pared en la que estaba esperando, se giró, comenzó el nuevo largo, y me puse a seguir sus pies.

Nunca antes había hecho nado continuo a los pies de nadie, pues las veces que lo había intentado el ritmo de la otra persona no era el adecuado, o los giros que hacía en la pared no permitían acercarse mucho, o la calle estaba tan llena que era prácticamente imposible hacer algo continuo. Pero en esta ocasión la cosa fue como la seda. El ritmo era perfecto. Los otros compañeros de calle no estorbaban ni nosotros a ellos. Y los giros eran correctos.

No sé cuántos largos hice, ni el tiempo. Sólo sé que fue bastante. Los otros dos compañeros de calle se fueron, entraron otros nuevos. Pero no importaba nada, yo continuaba allí, siguiendo el ritmo de mi “liebre” acuática. Lo demás daba igual, sólo importaba nadar. Un largo, otro, relajado al rebufo del compañero. Pensando en ir de manera correcta, en respirar bien, alternando las bocanadas. Pendiente de hacer buenos gestos con los brazos, con los dos igual, ya que el brazo de la clavícula lo tengo un poco más vago. Un largo, otro… ¿Más de un kilómetro? Tal vez. Sin parar. Nunca había hecho tanta distancia continua, del tirón, tan relajado.

Pero todo lo bueno se acaba, y mi liebre decidió darse un respiro, hacer un par de largos relajado, e irse, mientras yo continuaba otros 500 metros más, esta vez en solitario.

No tuve tiempo de darle las gracias. A ver si para la próxima vez que me acerque por allí volvemos a coincidir, y tengo la ocasión de darle las gracias, y de decirle: “A sus pies”.

sábado 12 de septiembre de 2009

Turismo de zapatilla VI. Nueva York.

Estas vacaciones he estado en Nueva York, y no he dejado escapar la oportunidad de hacer también algo de turismo de zapatilla.


Dicen que el maratón de Nueva York es uno de los más famosos del mundo, y empieza en Staten Island, cruzando el puente Verrazano en sus primeros kilómetros. Por lo visto debe ser impresionante la salida, con gente corriendo sobre el puente, tanto en el piso superior como en el inferior, y uniéndose algo más tarde todos los corredores, ya en el recorrido común.

Yo me acerqué a correr a Central Park, y lo que sí que puedo asegurar es que éste es el lugar en el que yo haya estado donde más corredores me he encontrado. El primer día, sábado, salí del hotel a eso de las siete y media de la mañana. Tras subir unas diez calles y llegar al parque, pensando que encontraría el parque todo para mí, me llevé una sorpresa. Cientos de personas corriendo y montando en bicicleta por todos los lados. Los corredores, de todo tipo: sólos, en grupos grandes, mucha gente con sus cascos de música, otros charlando... y mujeres, muchas mujeres corredoras.

Orientarse al principio se hace un poco complicado, pues al adentrarse en el parque se deja de ver la ciudad y se pierde un poco la noción del espacio. Todo hasta que me di cuenta de que en la carretera principal que usa todo el mundo como pista para correr, las farolas tienen marcado en números blancos la calle en la que se encuentran. Así es mucho más fácil saber si se está en el este, el oeste, o a la altura de la calle 100 o la 91.

Aunque pueda parecer llano, no lo es, ni mucho menos. Es una sucesión de cuestas y toboganes, salvo al dar la vuelta al lago, en el centro del parque, que tiene una pista de tierra totalmente llana que lo rodea y que tiene también unas magníficas vistas de la ciudad.



El segundo día, ya de labor, fue el martes, también por la mañana temprano. Y una vez más, mucha gente corriendo o en bicicleta, aunque menos que el fin de semana. Pero sin duda este día la aventura fue llegar hasta el parque y volver al hotel. En plena hora punta, de entrada a las oficinas. Gente, mucha gente, repartidores, camiones, obras, semáforos. Un auténtico caos. Por suerte, dentro del parque, todo parece diferente. Los árboles amortiguan el ruido de los motores y los pitidos de los conductores, y todo se vuelve un poco más amable.

Algún día habrá que volver para cruzar el puente Verrazano y acabar en Central Park.

lunes 31 de agosto de 2009

Linux


Me acabo de instalar el Linux en el portátil que heredé de Nuria, así que me he decidido a estrenarlo poniendo una entrada en el blog.

Se trata de un sistema operativo, alternativa al tan conocido y empleado por todo el mundo "windows". Pero en este caso no es necesario comprar el sistema opertativo, como ocurre con el otro, sino que se descarga gratuitamente, ya que es un código abierto... explicar esto del código abierto ya es más difícil. Pero por lo que he llegado a comprender, en el otro es imposible hacer variaciones, ya que el código de programación pertenece al señor Bill Gates, y sólo su empresa tiene la potestad y capacidad para hacer con él lo que les venga en gana (que es lo que hacen). Mientras, en Linux, todo el mundo (que sepa y entienda de programación, claro) puede acceder a las entrañas del sistema operativo y modificarlo a su antojo. Eso hace que existan tantas versiones como se puedan imaginar.

Yo, por mi parte, de todas las versiones de Linux que he visto, he instalado Ubuntu. Primero lo intenté con una versión que podía arrancar desde una memoria usb, lo que permite llevarme mi propio sistema operativo a cualquier ordenador. Tenía gracia la cosa, se llamaba Slax. Y al final me decidí a instalar Ubuntu. Y trasteando trasteando, lo conseguí. Los pasos, al principio, me parecieron complicados, pero una vez hecho, no me lo parece tanto.

Primero hay que descargarse el sistema operativo (es fácil, se busca ubuntu en google y ya aparece de dónde descargarlo). Luego, lo descargado, hay que grabarlo en un CD. Este CD es un disco de arranque, que permite arrancar el ordenador y hacer una prueba de cómo funciona el sistema. Como me gustó, desde esa misma demostración que es el CD, me puse a instalarlo. Para ello lo que hice fue una partición del disco duro (quién me iba a decir a mí que alguna vez en la vida iba a particionar un disco duro... jejeje). De este modo, al arrancar el ordenador puedo elegir si quiero trabajar con Linux o con el otro, por si las moscas, ya que algunos programas sólo funcionan con el otro (por ejemplo, el gestor de mapas del GPS).

¿Y qué tiene esto de bueno? Pues ya lo iré viendo. Por ahora he descubierto que también se cuelga, pero como ya estaba acostumbrado a ello, pues tampoco es problema. Lo que sí se nota es que va mil veces más deprisa, arranca el ordenador en un plis, y se supone que no hace falta ni antivirus (pues los virus se crean para afectar al otro, no a Linux).

Así que, puedo decir que, por el momento, el pingüino me está gustando.

lunes 29 de junio de 2009

He colgado el cabestrillo


Primero colgué el "ocho".

Y ahora ya, el cabestrillo. Que es lo que cuelga a su vez del picaporte en la foto.

Así que hoy he vuelto de nuevo a trabajar, a hacer vida normal, aunque aún no puedo coger peso ni mover el brazo como hacía antes. De hecho me parezco bastante a un espantapájaros con patas. Todavía queda hacer la rehabilitación.

Iba a decir que tengo unas ganas tremendas de correr, nadar, saltar, montar en bici... Y no es mentira. Pero pensándolo bien, de lo que realmente tengo unas ganas locas, es de dar abrazos, sin miedo a que me achuchen demasiado y me duela el hombro.

Así que, de momento, mando abrazos en el blog. Y dentro de poco espero ser capaz de darlos en vivo y en directo.

¡Un abrazo muy grande!

martes 2 de junio de 2009

Pasando el rato

Hoy tenía ganas de "darme una vuelta en bici". Aunque no es lo mismo.



Ojo, salvo por ser también piñón fijo, no nos parecemos. Yo llevo freno delante, casco, hago caso de las señales, no hago esos trucos y no me pego esas castañas... me las pego peores, en una bici convencional al ir a apearme... Tiene narices.

domingo 10 de mayo de 2009

¿Qué hago yo aquí?

Esta es la pregunta que más me he hecho mentalmente en el día en el que se supone que iba a ser mi primer triatlón, en Talavera de la Reina.


Primero en el box, organizando las cosas, poniendo la bici en orden, metiéndome en el neopreno que me habían prestado... "¿Qué hago yo metido en este traje? Bueno, no te quejes, que al menos estás calentito, que sólo con el mono hace fresco."


Luego, en el río Tajo, rodeado de 200 pirados más, sin ver ni mi propia mano debajo del agua. Nadando a braza a ratos, "¿dónde está la boya?, ¿y ése dónde va?, joder, vaya marejadilla... ¿Qué hago yo metido en este río?"


Ya en la bici, algo mejor, remontando agún puesto, disfrutando algo más. Hasta que al final, me volvió la misma pregunta a la cabeza... "¿Qué hago yo aquí... en el suelo?". Se acabó el triatlón. Llegando a boxes hay que bajarse antes de una línea. Demasiado lejos me había preparado para apearme, se me movió un poco el pie de apoyo sobre el pedal al hacer el gesto de descabalgar y de repente el negro asfalto.


A partir de ese momento se me acumularon los "¿Qué hago yo aquí?". Lleno de arañazos y rozaduras, con dolor en un hombro, subiendo a la ambulancia, llegando a urgencias, haciéndome una placa. Todo para acabar descubriendo que tengo la clavícula izquierda rota. "¿Qué hago yo aquí, con una clavícula rota?".


Pues nada, aguantarme. Ahora a descansar y a curarme. Luego, ya veremos. Y sobre todo, perdón por el susto.

lunes 4 de mayo de 2009

Cómo cuesta la cuesta

Cuando salgo a correr o en bicicleta, vaya a donde vaya, acabo con una cuesta arriba. Al correr, siempre bajo al parque, a la Dehesa, así que a la vuelta, cuando ya tengo las piernas cansadas, me toca dar el último apretón para conseguir superar la última subida.


Y en la bici, más de lo mismo. Unas veces más, otras menos, dependiendo de la ruta que toque, pero siempre me espera el último repecho. Y ese repecho, aunque sólo lo sufro al final, me acompaña todo el tiempo, desde que cruzo el umbral de la puerta. A cada zancada pienso que me queda un poco menos, unos metros menos, unas pedaladas menos...

Y llega el momento. Me encuentro con la cuesta cara a cara, y decido cómo he de subirla. Hay días que no me apetece ni lo más mínimo, así que levanto la cabeza, bajo el ritmo, e intento subir lo más dignamente que puedo. Otros días, en cambio, la ataco con ganas, en progresión, notando cómo incremento el ritmo poco a poco, pensando que es menos pendiente que otros días, y que no podrá conmigo.

Pero de un modo u otro, con más ganas o con menos, con algo más de fuerza o fuera de punto, siempre consigo llegar a la cima. Entonces, sin parar de correr, sin parar de dar pedales, respiro profundamente un par de veces, me relajo, y me dejo llevar de nuevo hasta casa.

Será que, en el fondo, le estoy cogiendo cariño a la condenada cuesta.