viernes, 16 de noviembre de 2007

Porque cuando una mañana helada y con niebla me levanto a las cinco y me quedo temblando de pie sobre el suelo de piedra y a todos los demás les queda todavía otra hora de roncar antes de que suene la campana, voy escaleras abajo y cruzo los pasillos hasta la enorme puerta con el permiso para salir a correr en la mano, me siento como el primero y el último hombre de la tierra, los dos a la vez, si creen lo que estoy tratando de contar. Me siento igual que el primer hombre porque casi sin nada de ropa encima, sólo con una camiseta y unos pantalones cortos, me mandan a los bosques helados...
(...)
Con que aquí estoy, de pie ante la puerta del reformatorio, sólo en camiseta y pantalones cortos, sin tener siquiera una corteza de pan duro en la tripa, mirando las flores cubiertas de escarcha en el suelo. ¿A lo mejor se figuran que es para llorar? Nada de eso. Sólo porque me sienta como el primer fulano del mundo no me entran ganas de llorar. Hace que me sienta cincuenta veces mejor que cuando estoy encerrado en ese dormitorio con otros trescientos tíos. No, cuando no me siento tan bien es cuando a veces me quedo allí sintiéndome el último hombre del mundo. Y me siento el último hombre del mundo porque pienso que esos trescientos tíos que dejo allí detrás están muertos. Duermen tan bien que pienso que cada uno de esos torpes ha estirado la pata por la noche y soy yo el único que queda, y cuando miro hacia fuera, la maleza y los estanques helados, tengo la sensación de que todo se irá poniendo cada vez más frío, empezando por mis brazos colorados, y quedará cubierto por mil kilómetros de hielo: todo, la tierra entera, hasta el mismo cielo, y por encima de toda la tierra y el mar. Así que trato de no sentirlo y hacer como si fuera el primer hombre de la tierra. Y eso hace que me sienta bien, de modo que cuando consigo la presión necesaria para tener esa sensación, cruzo la puerta de un salto y salgo al trote.


La soledad del corredor de fondo
(Alan Sillitoe)

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